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L a P e d r @ d a

Cultura

El Imperio no se detiene contra Cuba; la resistencia al Imperio, tampoco

Adolfo Pérez Esquivel*
2004-02-28



Como una espina en el corazón EEUU no se resigna a que un pequeño país como Cuba sea libre e independiente y no claudique frente a la gran potencia. Ha intentado miles de veces de doblegar al pueblo cubano sin éxito; como a su Comandante y Presidente Fidel Castro. El imperio presionó y presiona a gobiernos y empresas para que no inviertan en Cuba y amenaza a los ciudadanos norteamericanos que intentan viajar. Pero dicen que EEUU es un país democrático, mientras restringe la libertad de expresión y llega a bloquear los fondos de solidaridad con los cinco cubanos presos en los EEUU, para que el pueblo norteamericano no conozca la verdad y la injusticia de las acusaciones y condenas contra los prisioneros. Frente a ésta situación de injusticia, hay gobiernos que miran para otro lado por miedo y no quieren irritar a la fiera y ser víctimas de las sanciones imperiales.

Organismos internacionales como la ONU, actúan según es el interlocutor o protagonista; cuando una gran potencia comete todo tipo de atropellos, invade otros países y bloquear a Cuba; responde con un rugido de ratón. Es lamentable tantos miedos y complicidades. El pueblo norteamericano sufre una censura sistemática y desconoce lo que su gobierno realiza a nivel internacional; consumen noticias chatarra; como las hamburguesas, que les impide discernir valores y conductas que deben basarse en el derecho e igualdad para todos. Ricardo Alarcón Presidente del Parlamento Cubano, ha denunciado el bloqueo de los fondos solidarios de organizaciones sociales por parte del gobierno de Bush, para publicar en los EEUU una solicitada en el New York Times, sobre la situación de los cinco prisioneros cubanos. Es necesario que toda persona y organizaciones solidarias, iglesias, movimientos sociales, se sumen a la resistencia por el derecho de los pueblos a su autodeterminación; a su dignidad y reclamen la libertad de los cinco prisioneros. Reclamar la devolución de los recursos de las organizaciones solidarias con Cuba y el derecho del pueblo norteamericano a ser informado correctamente y no ser manipulado. Ya tuvieron el pueblo de los EEUU, como el mundo, los efectos de las mentiras sobre la guerra contra Irak, que quisieron pasarlas por verdades para justificar las masacres y destrucción de ese pueblo. La resistencia de los pueblos es fundamental para impedir que el imperio continué atropellando y sometiendo a los países bajo su dominación. Creo que estamos en un punto de inflexión internacional para preservar la libertad; que no se regala, se conquista con el coraje y decisión de los pueblos en construir nuevos paradigmas de vida. La solidaridad es reciproca y lo que hoy ocurre en Cuba y otras partes del mundo nos debe servir de ejemplo para resistir y apoyar a un pueblo hermano.

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*Premio Nobel de la Paz

El colmo de la persecusión política: Actor Robert Duvall arremete contra Spielberg por viajar a Cuba

El colmo de la persecusión política: Actor Robert Duvall arremete contra Spielberg por viajar a Cuba REUTERS
2004-01-08

LOS Angeles, ene 8 (REUTERS) - El actor estadounidense Robert Duvall probablemente no haré más películas para DreamWorks por algún tiempo.

En una entrevista del programa de la cadena CBS "60 Minutos II", el laureado actor criticó abiertamente al director de cine y fundador de los estudios DreamWorks, Steven Spielberg, por haber visitado Cuba en noviembre del 2002.

"Spielberg viajó allí recientemente y dijo: 'Las mejores siete horas que he pasado nunca fueron, en realidad, con Fidel Castro", explicó Duvall.

"Ahora, lo que quiero preguntarle es ... ¿Considería erigir un pequeño edificio anexo al Museo del Holocausto o al menos a lo largo de la calle, para rendir homenaje a los cubanos que Castro ha matado? Es muy pretencioso por su parte ir allí", dijo Duvall a Charlie Rose, según extractos de la entrevista emitida por la CBS.

El actor, que gans un premio Oscar por su papel en la película de 1983 "Tender Mercies", añadió: "No volveré a trabajar con DreamWorks".

El portavoz de Spielberg, Marvin Levy, contestó en un comunicado que las declaraciones que Duvall atribuyó al director sobre su encuentro con Castro son "totalmente falsas".

"Nunca dijo eso o nada parecido", replicó Levy y añdió que el viaje de Spielberg a la isla fue autorizado por el gobierno de Estados Unidos como un intercambio cultural.

Spielberg pasó cuatro días en Cuba, presentando ocho de sus películas, reuniéndose con directores de cine cubanos y visitando la mayor sinagoga en La Habana, así como un monumento a las víctimas del Holocausto en el cementerio judío de la ciudad.

El ganador de Oscars por títulos como "Salvar al Soldado Ryan" y "La lista de Schindler", también cenó con Fidel Castro, en un encuentro que se alargó por ocho horas en las que ambos hablaron de arte, política e historia.

Durante su viaje, Spielberg acaparó las primeras planas al hacer un llamado para poner fin a 40 años de embargo comercial de Estados Unidos contra Cuba, diciendo que había llegado el momento de enterrar viejas rencillas de la Guerra Frma y ampliar las acciones recíprocas entre estadounidenses y cubanos.

Se da comienzo al centenario del nacimiento de Neruda

Se da comienzo al centenario del nacimiento de Neruda Eduardo Andrade Bone
Rebelión

Tres actividades diversas, han marcado el comienzo de la Conmemoración de los cien años del Nacimiento de Pablo Neruda, uno de los poetas más destacados de las letras hispanas y que fuera galárdoneado con el Premio Nobel de Literatura el año 1971.

La primera de las actividades, consistió en la presentación del documental "Neruda Fugitivo Testimonios", producido por el cineasta chileno Hugo Arévalo y que narra la historia de los tres meses de clandestinidad que tuvo que vivir Neruda, en el nefasto gobierno de Gabriel Gonzáles Videla (1946) , que después de expulsar a los comunistas de su gobierno, desató una cacería contra el Movimiento Sindical y el Partido Comunista. A Pablo Neruda le tocó sufrir la persecución por su condición de militante de la colectividad política antes mencionada.

El dueño de una hacienda maderera en el sur del país, contribuyó en parte a escapar del acosamiento del cual era objeto Neruda. La gente modesta silenciosamente y arriesgando sus vidas, sin haber conocido personalmente al poeta, dispusieron de sus casas como refugio para protegerlo del seguimiento que se desplegó en su contra, de un gobierno (1946-1952) que frustró las esperanzas de mejores condiciones de vida para el pueblo chileno. Gonzáles Videla ha sido uno de los tantos mandatarios chilenos, que después de haber desarrollado una campaña electoral llena de promesas, termino arrodillado a los designios de la oligarquía del país, traicionando las apiraciones y el programa de gobierno que había prometido, desató la presecución del movimiento popular, declaró fuera de la ley al Partido Comunista y abrió diversos campos de concentración a través del país.

Hugo Arévalo, desarrolló una amplia investigación, acerca de los diversos lugares por los cuales tránsito Neruda, hasta llegar a la frontera con la Argentina en el Paso de Liluela,para desde allí salir en busca de la libertad. En 1970, el propio Neruda le solicitó a Arévalo realizar el documental. Después del incruento golpe de Estado de 1973, encabezado por el ex dictador Augusto Pinochet, el director de cine, tuvo que salir al exilio, quedando trunco en parte la realización de éste testimonio histórico. Al volver al país en el año 1985, el direc- tor comenzó su trabajo de rearticulación y la preparación del guión y la visita a los diversos lugares en donde estuvo oculto el poeta, hasta su salida del país.

Hoy al calor del comienzo de las múltiples actividades que se preparan dentro y fuera del país, con motivo del Centenario del Nacimiento de Pablo Neruda, ya se ha realizado la primera presentación oficial del documental "Neruda Fugitivo Testimonios".

Ahora, con motivo de la llegada del presente año, la ciudad de Valparaíso se vistió de gala para recibir el año, con la actividad denominada Año Nuevo en el Mar en homenaje a Pablo Neruda, para tal efecto, se realizaron una serie de juegos artificiales especialmente prepa- rados en torno de la figura del poeta. Además en el Museo Lord Cochrane de la ciudad, se comenzó a exponer parte de la obra literaria del Premio Nobel de Literatura 1971.

Ahora, en los próximos días La Compañía La Mancha, fundada a mediados de los años 80 en la ciudad de Londres y que ya lleva 11 años residiendo en Chile, realizara la presenta- ción de la obra "Alturas de Machu Picchu".

La directora de la compañía, la británica Ellie Nixon, expresaba a los medios de comunicación chilenos, que la "idea es rescatar la esencia del texto de Neruda, un canto a los pueblos precolombinos. Las Alturas de Machu Picchu son 12 poemas, entonces no es una obra teatral dramática. Pero nosotros gracias a los poemas hemos podido descubrir una variedad de imá- genes, sensaciones,emociones. La obra en sí es un festejo popular en el sentido de que hay danza, música, juegos, que rescatan el sentido de lo indígena", expresó la directora europea.

Cabe destacar que la Compañía La Mancha, realizó una amplia investigación de la poesía de Neruda, además de la poesía nacional y lo relativo a la cultura de los pueblos originarios chilenos. Estas tres actividades, están insertas en el comienzo oficial de las más diversas actividades que se realizarán con motivo del Centenario del Nacimiento de Pablo Neruda en el mundo, durante todo el año 2004 .

DE BUENA FE

DE BUENA FE Haber asistido al concierto de Buena Fe es haber compartido el privilegio de quienes construyen los sueños desde el propio respeto a los diversos caminos de la vida y el derecho de los individuos a ser diferentes y auténticos, sin renunciar al empeño de una vida más plena y un justo espacio en la sociedad que les tocó vivir.

Miguel Gerardo Valdés Pérez * La Habana

Como tributo a la vida y la esperanza puede definirse el concierto que ofreció Buena Fe el día 28 de diciembre en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba.

El dúo, fundado en Guantánamo en 1999, está integrado por Israel Rojas —director y voz— y Yoel Martínez —guitarra acompañante y también voz.

Sus discos Déjame entrar y Arsenal han obtenido, respectivamente, los premios Cubadisco 2001 y 2003 en la categoría Pop. Las letras de las canciones que lo conforman, evidencian en primer plano, lo autóctono, lo humano y sentimental, desde una perspectiva desenfadada, desinhibida y contemporánea, que las hacen al mismo tiempo, trascendentes y universales.

Toda esa mezcla, excelentemente trasmitida, permitió un espectáculo más allá de rebuscadas proposiciones dramatúrgicas o escenográficas, donde se impuso la sencillez y la excelencia, a partir de la calidad de las interpretaciones y el indiscutible carisma de sus creadores.

En un teatro repleto, con el público de una platea abarrotada y totalmente de pie, los presentes se anticiparon a los preludios de cada entrega, con cerrados aplausos y letras de antemano aprendidas por varios grupos generacionales sin distinción de etapas temporales. Más de una pareja de mediana edad, tomados de la mano como adolescentes, intercambió, al calor de toda la energía generada en sala teatral, evidentes muestras de rejuvenecidas emociones.

Canciones como «Arsenal» —que da nombre a su segunda producción discográfica—, o «Soñar en azul», fueron ofertas largamente ovacionadas. En ellas está presente la temática social, deportiva, ecológica, amorosa, siempre desde lo nacional y popular, en justa medida, sin asomo de vulgaridades ni chabacanerías, rasgo que, sin dudas, las distinguen y hacen peculiares.

Navegar a la deriva, propuesta que será incluida en el próximo disco, es un llamado a la reflexión para aquellos que de alguna manera han torcido sus rumbos hacia el nefasto camino de las adicciones, arista que se asume con la misma delicadeza de otros temas reflejados, entre ellos, el de los seropositivos al VIH.

El diseño de luces fue la contrapartida ideal para resaltar la escenografía y apoyar la efectividad climática, especialmente, en la presentación de cada uno de los músicos del grupo acompañante, con singulares momentos de impacto visual en el turno correspondiente al baterista y en la apoteosis del cierre con la canción «Fin de Fiesta».

Haber asistido al concierto de Buena Fe es haber compartido el privilegio de quienes construyen los sueños desde el propio respeto a los diversos caminos de la vida y el derecho de los individuos a ser diferentes y auténticos, sin renunciar al empeño de una vida más plena y un justo espacio en la sociedad que les tocó vivir.

* Editor Jefe de la revista Universidad de La Habana y Profesor Asistente Adjunto de la Facultad de Comunicación Social.

Reflexiones cubanas

CULTURA, CONTRACULTURA Y PODER

Salvar la cultura es lo primero que debemos hacer, decía Fidel, y se refería a la contracultura de la resistencia y de la creación. La verdadera guerra que enfrentan hoy los pueblos no es entre civilizaciones «buenas» y «malas», sino la que se nos impone entre la cultura de la dominación y la cultura de la liberación.

Enrique Ubieta La Habana
La Jiribilla

«La experiencia le enseñó demasiado tarde que no se puede cambiar un sistema desde el gobierno, sino desde el poder» (1), escribía Gabriel García Márquez sobre el presidente Allende y su gobierno socialista, derrocado treinta años atrás por una junta militar. Frei Betto, por su parte, reflexionaba hace algunos meses sobre la victoria electoral de su amigo y compañero de luchas Lula da Silva: « ¿Cómo un mecánico tornero, fundador de un partido que en su carta de principios defiende el socialismo, llegó al gobierno por el voto popular? Noten que escribí 'llegó al gobierno' y no al poder. Son instancias distintas. Quien tiene poder no acostumbra a ser institucionalmente gobierno, como es el caso del capital financiero. Quien es gobierno no necesariamente tiene poder, como los estados de América Latina, que dependen del flujo de capital externo» (2). La distinción resulta especialmente pertinente para abordar el estudio de los movimientos políticos contemporáneos. Un gobernante moderno, ya se sabe, es el representante o el administrador de cierto poder. En el llamado Tercer Mundo es con frecuencia el representante de un poder extranjero y/o ajeno. Incluso cuando existe un poder interno que actúe de mediador. Incluso cuando no lo sepa. Y si por azar representa otros intereses, tendrá que desafiar y enfrentar al verdadero poder, y vérselas de paso con el pequeño poder intermediario. Por otra parte, el poder no es una instancia abstracta, pero sí difusa: el capital no se personaliza, no actúa de forma unívoca, es multiforme y sinuoso. Crea las necesidades y controla los mercados: tienta, compra, ilusiona, castiga, es el oscuro objeto del deseo, se acerca y se aleja, pero nunca se entrega de forma definitiva. Forma legiones de compradores compulsivos, discapacitados, analfabetos reales o funcionales que se creen informados y libres. Para ellos se fabrica el mundo virtual de los sueños: secas de contenido, la democracia y la libertad se ejemplifican en una historia mil veces repetida, la de Cenicienta. En las pantallas de los cines vuelve la vital Jennifer López a conquistar al príncipe de las finanzas, candidato a senador, en su papel de cenicienta por partida doble, latina y camarera de un lujoso hotel neoyorkino. El dinero, el poder, es un valor añadido a la viril belleza del novio. Para los rebeldes, los aguafiestas de siempre, los que marchan a contracorriente, es el espacio de la violencia (y de la calumnia sistemática); sutil o abierta, individual o colectiva.

En los primeros días de octubre de 2001, cuando los medios repetían la ridícula respuesta del presidente Bush sobre los motivos posibles del atentado terrorista a las Torres Gemelas y al Pentágono —«nos odian porque tenemos libertad»— Wayne Smith, ex diplomático norteamericano en Pyongyang, Moscú y La Habana durante los años más cruentos de la guerra fría (es decir, un hombre que sabe lo que dice), se lamentaba en una entrevista: «¿Cuántos otros Bin Laden, cuántos otros que ahora son terroristas hay en el mundo, que nosotros entrenamos y apoyamos?» Pero inmediatamente aclaraba que el pueblo norteamericano no conocía esto. «No solo porque los periódicos y la televisión no ofrecen todas las noticias —añadía—, ni todos los aspectos, sino porque tampoco quiere ser informado. Creo que solo el 15 % de la población lee la prensa. Todos los demás reciben su información por la televisión. Y muchos ni siquiera ven los noticieros» (3). El poder del capital programa la seudocultura light del consumo, simplifica los códigos artísticos, los estandariza, y trasmite con ellos los dos o tres mensajes básicos que necesita inculcar: nosotros somos la democracia y la libertad, (déjenos pensar por usted, sugiere), disfrute su vida como pueda, usted también puede tener un auto, una casa, una bella(o) esposa(o).

La lucha de ideas o la cultura como camino para la liberación

La primera generación de intelectuales en la Cuba republicana de inicios del siglo XX, se asumía todavía como consejera del poder. La Patria en la que desplegaba sus esfuerzos renovadores era una neocolonia (algunos historiadores la califican como un protectorado norteamericano), pero confiaba en que la educación corregiría todas las desviaciones del programa libertador. Más que ensayistas solían ser analistas de la realidad social. Prevalecía en ellos cierto espíritu crítico, descriptivo y reformista y la confianza en la capacidad transformadora de la cultura, no exenta de dudas y suspiros de impotencia. José Martí, el cubano más universal, había advertido: «Ser cultos, es el único modo de ser libres». Pero una sociedad culta no es la suma de individuos cultos. La segunda generación irrumpía en 1923 con una Protesta llamada «de los 13»: ya no eran consejeros, sino denunciantes. Habían abandonado la crítica reformadora y no se consideraban parte de la deforme realidad republicana. De espaldas a la política tradicional, surgía momentánea en ellos la ilusión de la cultura descontaminada. Sin embargo, ¿cómo hacer arte nacional sin nación? El ensayo, más libre, menos enfático, emergía como forma privilegiada de reflexión. Pero la lección martiana era aún incomprendida: el ser político y el artístico parecían contradecirse o anularse mutuamente. Juan Marinello, un poeta de expresión artepurista que ya para entonces militaba en el Partido Comunista, escribía en 1937: «En realidad se prolonga demasiado en mí la pugna entre lo artístico y lo político y es lo cierto que, en nuestros días, parece exigir cada una de estas cosas, pasión y dación exclusivas» (4). Pugna que otro coetáneo, Rubén Martínez Villena, resolvía de forma heroica, e igualmente errónea: «yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido; me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social» (5). Cierto que Martí había exclamado antes: « ¡La justicia primero, y el arte después!», pero su obra toda, incluso la más íntima, contribuía a edificar la justicia desde el arte. Así lo supo ver él en la obra de sus antecesores y coetáneos, algunos tan aparentemente desasidos como Casal.

Pero aquella fue una generación de intelectuales políticos que deshaciendo afirmaciones previas, se involucró decididamente en los dos cauces del destino insular: el de la Revolución (que es creación nacional), el de la Reacción, a veces escondida en la Reforma (las fuerzas que propician la disolución del proyecto nacional: el regionalismo, el racismo, el «anexo-reformismo», es decir, aquellos intereses de clase cuya satisfacción presuponía la conservación del status quo , y que se expresaban socialmente en la forma de prejuicios raciales o de un profundo desprecio hacia las masas). Quiero insistir en una enseñanza de la historia poco atendida: la confluencia de la vanguardia artística y de la vanguardia política (de algún modo siempre comprendida como vanguardia ética), propició la fundación de la nación. En las condiciones neocoloniales de Cuba, el hilo conductor de la creación artística establecía un camino ineludible: lo nacional no necesariamente era viejo, a veces era la creación del arte nuevo, a veces también lo viejo era inauténtico, una imposición prescindible, y si lo nuevo podía enarbolar el espíritu nacional, su aparición adquiría la connotación de un acto anticolonial, era un hecho inesperadamente político. Los pintores abstractos en Cuba fueron portadores de ese espíritu, se opusieron a la dictadura de Batista, y se incorporaron con fervor al proceso revolucionario que se inició en 1959. El grupo Orígenes se constituyó en torno a principios ético-religiosos (en la creación y la aprehensión culturales) que misteriosamente empalmaban con la Revolución. La frase de Fidel —«dentro de la Revolución, todo: contra la Revolución, nada» (6) — ha sido doblemente descontextualizada: de la tradición que le da origen y del entorno histórico y textual en que se produce. En la tradición martiana, Revolución es la confluencia de la verdad, la justicia y la belleza.

Pero hemos diferenciado gobierno y poder, ¿dónde ubicar la cultura, entendida como el conjunto de valores, sentidos y significados que la sociedad crea? Generalmente solo vemos la cultura «gubernamental», la llamada cultura oficial y la confundimos con la que genera el poder. Este es invisible, y predetermina nuestra mundivisión. A veces la llamada cultura oficial funciona como contracultura. Quiero detenerme en este punto. Un gobierno revolucionario es de hecho un gobierno disidente; la cultura que promueve (generalmente a ciegas, instintivamente) es, a escala global, una contracultura que se enfrenta a la cultura «oficial» dominante. Aunque un gobierno revolucionario, como poder, pueda burocratizarse, inmovilizarse, retroceder. Frecuentemente produce valores ajenos u opuestos a los que proclama o desea. En los países este-europeos los gobiernos del socialismo irreal no pudieron o no supieron crear una auténtica cultura socialista. En cambio, la cultura o la seudocultura que genera el poder global se colaba por los intersticios de su razón revolucionaria.

La juventud es felizmente la edad de la sospecha; los jóvenes universitarios sospechan de todo: de sus padres, de los libros, de las verdades inculcadas. El capitalismo no se preocupa ante esos cuatro o cinco años de sospechas, siempre que no sobrepasen los límites del aula y no contacten con la certidumbre de los explotados. Cuando los muchachos se gradúan, la vida ajusta sus aprehensiones: es la hora de abandonar los sueños y de poner los pies en la tierra. «El que a los veinte años no es comunista, no tiene corazón; el que a los treinta siga siéndolo, no tiene cerebro», decía un viejo refrán del Reader's Digest. El socialismo enfrenta, sin embargo, una extraña paradoja: como estado revolucionario él mismo representa La Sospecha, ante el pasado «vencido» y ante el mundo. Pero los jóvenes no conocen el pasado ni han vivido en otro mundo. Sospechan entonces en primera instancia del propio estado revolucionario. Sospechan de La Sospecha: ¿habrá sido realmente malo el pasado?, ¿será realmente tan malo el capitalismo? La solución no es obviamente coartar la sospecha, como intentaron inútilmente los socialismos este europeos, sino entregarle a los jóvenes la verdad: compleja, contradictoria, revolucionaria, irremediablemente anticapitalista, sin paternalismos e ingenuidades. Y cuando aludo al innato sentido anticapitalista de la verdad no excluyo la crítica al socialismo (a sus desvíos no socialistas), una crítica que debe conducir a más socialismo. El poder global emplea todos los sinuosos recursos del mercado (del consumo) para monitorear la sospecha de los jóvenes en los estados revolucionarios —la sospecha, por supuesto, hacia el propio estado revolucionario—, y sobornar a los intelectuales, que pueden adquirir con ella fama de insobornables y de paso, dinero. Me refiero a la sospecha improductiva y paralizante, no a la duda necesaria. Sospechar no es dudar, así como ser rebelde no es todavía ser revolucionario; aunque nadie acceda a la duda razonable, o a la condición de revolucionario, sin antes haber sentido desconfianza o haberse comportado como un «rebelde sin causa».

Los intelectuales revolucionarios enarbolan la crítica como síntoma y condición de vitalidad transformadora. Pero no siempre pueden discernir claramente cuál es el poder a enfrentar. Y le adjudican el rótulo de Poder lo mismo al poder global que al limitado contrapoder revolucionario. Cabría hacer una pregunta de difícil respuesta: ¿cuál es la cultura dominante en Cuba?, ¿la contradictoria y débil (en ocasiones, esquemática; en ocasiones, sorprendentemente vital) que genera el contrapoder revolucionario?, ¿o la de las películas del sábado, la de las discotecas, la del modo de vida yanqui? El contrapoder revolucionario no puede evitar que sus propias instituciones estimulen la cultura globalmente dominante, porque la humanidad no cuenta con una cultura alternativa bien definida. A veces, en lugar de criticar las concesiones o las abdicaciones de la contracultura que genera un gobierno revolucionario, o de analizar sus contradicciones, los intelectuales acatan sin saber las órdenes del poder global (aceptan acríticamente sus enunciados) y se convierten en implacables críticos del contrapoder. El Sistema Global, obviamente, nunca destaca en los países disidentes a los críticos que promueven la revitalización del contrapoder revolucionario, sino a quienes asumen la crítica del contrapoder desde el oficialismo global capitalista, o a quienes eligen «voluntariamente» la abstención descreída, el escepticismo militante. Los «rebeldes» que destaca el Sistema Global, cansados de las «locuras» revolucionarias, enarbolan el sentido común, el tibio resguardo hogareño, y acatan el ritual festivo del consumo. Odian la retórica (y la práctica) del heroísmo cotidiano. No quieren ser héroes, y para vivir tranquilos, necesitan demostrar que los héroes no existen. La rebeldía consiste en la sumisión. Los «revolucionarios de terciopelo» (los «ex») adoran la Coca Cola y los Mc Donalds, y son más papistas que el Papa.

La caída de los estados «socialistas» europeos, y la difusión de sus manquedades históricas (también el ocultamiento de sus logros) crearon el vacío necesario para la instalación de verdades abstractas funcionales al Sistema: la democracia representativa, cada día menos representativa y menos democrática, se adjudicó el título de verdad universal. Los estados revolucionarios han enfrentado siempre un dilema: permitir la «libre difusión de las ideas», concepto que significa la libre difusión de la cultura dominante, oficial, contrarrevolucionaria, en un mundo que todavía no dispone de una cultura alternativa bien estructurada, o limitar y adecuar su inserción social. Ante la duda, han optado por cerrar la puerta y evitar la contaminación; pero la cultura dominante llega de maneras muy diversas, en la forma de inocentes películas, de objetos para el consumo, de paraísos prometidos, y los ciudadanos, vulnerables e ignorantes, enferman. Construir una política informativa que muestre y explique, que cultive el pensamiento crítico revolucionario, que promueva una auténtica cultura integral, es la única alternativa viable. Por otra parte, las restricciones informativas pueden ocultar desviaciones del propio estado revolucionario. La información es poder. La cultura dominante burguesa, por supuesto, reclama la «libre» circulación de la información que genera el Sistema Global para su autoconservación, y enmascara la verdad entre miles de pistas falsas o parciales. La libertad burguesa de información incluye la libre difusión de la mentira.

Construir una cultura revolucionaria nueva, como pedía Gramsci, significa formar a las nuevas generaciones de ciudadanos en la cultura de la crítica y la autocrítica. No de una crítica abstracta, sin asideros éticos, sino de una crítica que restaure y sostenga la contracultura revolucionaria: una crítica creadora. No se trata en este caso ni de consejeros, ni de simples críticos, sino de partícipes del contrapoder (no necesariamente desde funciones gubernativas, pero tampoco necesariamente ajenos a estas, no como conciencia crítica, reservorio de lucidez evaluadora, sino como conciencia participativa). La crítica, por otra parte, no puede ser teoricista, ideologizante. Como ha dicho Frei Betto con razón, el intelectual orgánico de izquierda siempre se ubica junto a los pobres («con los pobres de la tierra, quiero yo mi suerte echar», escribía José Martí), toma partido no por la letra o el significado estrecho de una teoría, sino por su sentido libertario. No es el intelectual pequeño burgués que describiera Roque Dalton en un poema: «Los que / en el mejor de los casos / quieren hacer la revolución / para la Historia para la lógica / para la ciencia y la naturaleza / para los libros del próximo año o el futuro / para ganar la discusión e incluso / para salir por fin en los diarios / y no simplemente / para eliminar el hambre / para eliminar la explotación de los explotados» (7). La ciencia es un instrumento, no un fin. Digámoslo sin rubor: la teoría social es y solo puede ser ancilar. La filosofía cubana del siglo XIX se autodenominó electiva, en tanto pretendía reconstruir la sociedad, no la teoría. Esto no supone un alejamiento de la verdad: solo la verdad conduce a la liberación. Esta última (la liberación, es decir, la práctica) es quien la valida.

Pero los revolucionarios no siempre llegan al gobierno en la dinámica de un proceso revolucionario. Y vivimos una etapa histórica en la que parecen ser otros los caminos. Fidel Castro apuntaba el 26 de junio de 1998: «Hoy ya la cosa es de otro carácter, es mundial, es la fuerza del pueblo, la educación, la conciencia; las masas, con un creciente poder, son las que tendrán que resolver estos problemas. (…) Serán otras tácticas, ya no será la táctica al estilo bolchevique, ni siquiera al estilo nuestro, porque pertenecieron a un mundo diferente. Serán otros caminos y otras vías por los cuales se irán creando las condiciones para que ese mundo global se transforme en otro mundo. Yo no concibo otra globalización que no sea la globalización socialista» (8). Es decir, que la cultura adquiere una importancia decisiva en un mundo donde el poder se ejerce a partir de un control casi absoluto sobre los medios de comunicación, sobre el proceso de formación de la opinión pública, sobre la orientación de sus necesidades y de sus elecciones, un sistema de poder que sin embargo es frágil y poroso, de manera que es complementado con el uso de la violencia en sus diferentes formas. Un mundo que puede conducir a la destrucción de todos: víctimas y victimarios, indefensos y poderosos. Nunca antes confluyeron de manera más elocuente los principios éticos y los reclamos prácticos: el pragmatismo político conduce hoy a la justicia social. No es casual que Fidel proclamara en los primeros años posteriores a la caída del llamado campo socialista, ante el asombro de algunos, que lo primero que había que salvar era la cultura. La cultura es poder. El poder revolucionario es el triunfo de la cultura.

De hecho, la distancia cada vez mayor entre el ejercicio del gobierno y el del poder, ha originado una crisis en los partidos políticos y en el sistema electoral representativo burgués. En Cuba, esa crisis permitió que un movimiento revolucionario desplazara en 1959 a todos los partidos tradicionales. Pero en el mundo contemporáneo son ya habituales las figuras políticas que emergen repentinamente, sin aparentes bases partidistas. El poderoso y heterogéneo movimiento que se opone a la globalización neoliberal siente fobia hacia los partidos políticos. En realidad, el desplazamiento de las clases y de los grupos sociales, su reordenamiento, y los cambios de orientación ideológica, bruscos y oportunistas, en los partidos tradicionales, afectan la identificación de unos y otros. Los explotados son hoy muy diversos, muy heterogéneos, y sus zonas de coincidencia son móviles: en Brasil, decía Frei Betto, no existe un proletariado, sino un pobretariado. Los explotadores, por su parte, son menos visibles, y pueden prescindir de las antiguas estructuras partidistas de poder. «Y, ¿si no existe representación para qué sirve la política? ¿Si no existe Estado Nacional de qué sirve conquistar el poder?», se preguntaba recientemente en La Habana Francisco de Oliveira (9). En Chiapas, el subcomandante Marcos ha declarado que los zapatistas «no se proponen la toma del poder del Estado ni del gobierno ni [pretenden] convertirse en un partido político»; su intención es construir un pequeño pero efectivo poder local. Luis Villoro interpreta sus palabras como una renuncia al poder y elogia su actitud. Pablo González Casanova, por el contrario, insiste en que es una estrategia para su conquista desde abajo o en espacios alternativos (10). ¿Reformismo? Desde el siglo XIX en Cuba el espíritu reformista se aferra a lo aparente (a lo aparentemente posible), aún cuando sistemáticamente demuestre su imposibilidad, mientras que la actividad revolucionaria desprecia la atmósfera y fija su mirada y sus metas en el subsuelo, en lo aparentemente imposible, devenido como única posibilidad histórica.

¿Es posible la reforma revolucionaria? Bienvenidos los pequeños espacios de poder, de resistencia, siempre que no olvidemos que el Poder acecha, y que ahora o después deberemos enfrentarlo. Si la reforma afecta y modifica aspectos esenciales del Sistema, entrará inevitablemente en contradicción con el poder global y será cuestionado por este. La experiencia histórica no deja margen para la duda: Cárdenas, Árbenz, Bosch, Alvarado, Allende, Chávez, tuvieron o tienen una alternativa única: radicalizar el proceso de reformas (construir una revolución) o perecer. Si en Chiapas se ensayan formas locales de gobierno verdaderamente revolucionarias, ¿por qué llamarlas reformas?, ¿por su alcance territorial?, ¿acaso Cuba no es una pequeña isla también? Otros, en su desesperada carrera por alcanzar el llamado poder político en el espacio total de un país, abandonan sus principios originarios y olvidan que el único contrapoder capaz de retar el poder global, es el del pueblo. Suele hablarse hoy con insistencia de una izquierda democrática, opuesta a los métodos y a los fines (la forma determina el contenido) de una izquierda revolucionaria. Rafael Rojas, ideólogo de la nueva derecha miamense- madrileña, escribe: «La vergüenza de asumir la derecha, típica de la cultura política cubana, sin embargo, no es tan grave como el hecho de que la mayoría de nuestros izquierdistas fueron revolucionarios, es decir, autoritarios (...)» (11). La década de los noventa engendró una «nueva izquierda» intelectual. Culta, moderada, «democrática», antirradical, capaz de situarse siempre por encima de las ideologías, en el punto medio, y de espantarse ante los «extremismos» de izquierda, aunque tolere comprensivamente los de la derecha. Es una «izquierda democrática» que se opone más a la llamada izquierda revolucionaria, que al capitalismo, que mira «hacia la cultura dominante, como fuente de veracidad, objetividad, prestigio y reconocimiento», en palabras de James Petras (12). Mientras más moderada es en sus afanes reformistas, más agresiva y fundamentalista es la derecha que la creó. Mientras más se abraza a los conceptos abstractos de democracia y libertad, más los vacía de contenido la derecha. Es una izquierda que cree en un capitalismo que los diseñadores del capitalismo ya declararon obsoleto. Al nuevo orden le conviene esta izquierda: mientras reclama elecciones libres en Cuba, coloca a Bush en el poder mediante fraude u organiza un golpe de estado contra el presidente electo en Venezuela. Pero los verdaderos antónimos son otros: democracia y aristocracia (o plutocracia), revolución y reacción (o contrarrevolución). «La justicia, la igualdad del mérito, el trato respetuoso del hombre, la igualdad plena del derecho: eso es la Revolución», escribía José Martí.

A la vilipendiada toma del poder estatal como punto de partida de las transformaciones revolucionarias, le queda en nuestra América un ejemplo: Cuba. Sin embargo, esos espacios políticos en los que confluyen gobierno central y poder, como el de la Revolución cubana, evidencian día a día su capacidad transformadora.

La cultura y la globalización de la solidaridad

En su libro Sociología de la Revolución, el martiniqueño Franz Fanon caracterizaba la relación siempre problemática de los colonizados con la cultura (impuesta como «superior») de los colonizadores, y la aceptación «bajo sospecha» de sus «adelantos científicos», entre los cuales se anunciaba la medicina y la arrogante presencia de los médicos occidentales (13). Los médicos cubanos que brindan sus servicios en apartadas zonas latinoamericanas o africanas no son, por supuesto, representantes del mundo colonial, pero sí portadores de la cultura que identifica a ese mundo. ¿Por qué son aceptados? Una respuesta rápida y superficial alegaría que ofrecen servicios gratuitos. En este caso, se reduciría la relación humana a un intercambio de beneficios, que pasa por alto la sospecha y la resistencia cultural ante lo ajeno, así como evidentes manifestaciones de cariño. Por otra parte, en algunos países muy pobres, como Haití, los hospitales públicos cobran a sus pacientes una cantidad mínima —que es grande, para muchos— como único recurso de autofinanciamiento, y aunque los cubanos no reciben ni participan de ese cobro, pueden aparecer como parte indiferenciada del todo. Y sin embargo, la población distingue la actitud de esos especialistas por sobre la de otros países, e incluso, por sobre la de algunos nacionales. No se trata, desde luego, de una virtud inherente al «espíritu nacional» de los cubanos. Entonces, ¿qué es?

Nuestra hipótesis es esta: la ausencia absoluta de un sentimiento de clase. Los médicos formados en otras sociedades cargan con ese prejuicio inconsciente, salvando naturales excepciones. He visto a médicos honestos acudir a zonas indígenas o muy pobres y comportarse en esos lugares «a la altura de sus pobladores», lo que inconscientemente significa «descender» a ellos. Los he visto usar guantes para auscultar a pacientes de enfermedades no contagiosas. Rechazar cortésmente alguna bebida o alimento ofrecidos con agradecida humildad. Ignorar, como prácticas salvajes, los remedios caseros o tradicionales, y escuchar con expresión risueña o impaciente la explicación del llamado curandero. Los médicos cubanos jamás se piensan a sí mismos como parte de una clase superior o inferior. Tocan a los pacientes con las manos, no están apurados para irse, y conversan con ellos como simples vecinos o amigos. En realidad lo son, porque cargan el agua, ayudan en tareas colectivas y están dispuestos a pasar la noche en vela junto al enfermo. En otras palabras: no reciben o visitan pacientes, sino seres humanos, a los que tratan de igual a igual. Agreguemos ahora (y solo ahora) que son buenos especialistas, y que no cobran. Esos médicos han derribado las naturales aprehensiones culturales de sociedades históricamente marginadas. Son bien recibidos en las más intrincadas aldeas de Benin, Argelia, Guatemala, o Paraguay; en países y pueblos musulmanes o cristianos; mayas o guaraníes. Demuestran con su presencia que no existe un irremediable conflicto cultural o de civilizaciones entre los seres humanos. El conflicto que sí existe, y que se agudiza cada día, es entre explotados y explotadores.

La experiencia del internacionalismo médico cubano actualiza otra conclusión «manida»: no son suficientes la buena voluntad de un filántropo, aún de aquel dispuesto al mayor de los sacrificios personales, ni la actividad o el dinero de una o varias ONG empeñadas en la reorientación de vidas concretas, para que se produzcan transformaciones decisivas. Recuerdo que el padre Josep Aguilá llevaba doce años viviendo en Wampusirpe, una aldea misquita en territorio hondureño, cuando arribaron los médicos cubanos. En su extraño «palacio» había reunido una biblioteca de autores clásicos occidentales y una videoteca de películas «nobles» que exhibía con ayuda de una pequeña planta eléctrica; desde allí trataba infructuosamente de cambiar el destino vital de sus vecinos. En un año los médicos recién arribados redujeron en varias decenas de puntos el índice de mortalidad infantil. Un Estado revolucionario todo lo subvierte. No puedo asegurar cuáles fueron las motivaciones reales, pero Aguilá renunció después al sacerdocio, y se casó con una bella misquita, que había enseñado a leer y a escribir. Ernesto Che Guevara también albergó la idea de trabajar como médico en El Petén guatemalteco, pero no pudo realizar su sueño. Años más tarde, en 1960, le dijo a los estudiantes cubanos de medicina: «…yo había viajado mucho —estaba en aquellos momentos en Guatemala, la Guatemala de Árbenz— y había empezado a hacer unas notas para normar la conducta del médico revolucionario. (…) Entonces, me di cuenta de una cosa fundamental, para ser médico revolucionario lo primero que hay que tener es revolución. De nada sirve el esfuerzo aislado, el esfuerzo individual, la pureza de ideales, el afán de sacrificar toda una vida al más noble de los ideales, si ese esfuerzo se hace solo, solitario en algún rincón de América, luchando contra los gobiernos adversos y las condiciones sociales que no permiten avanzar» (14). La solidaridad internacionalista cubana se estructura en una red médica que enlaza cada aldea con su centro municipal, cada municipio con su capital regional o provincial, y cada región con la capital del país (se emplean para ello las mismas instituciones de salud del país, a las que las brigadas cubanas se subordinan), y dispone de los recursos humanos y materiales mínimos para la ejecución de programas de atención integral. Evidencia que no son necesarios grandes recursos, que los resultados son posibles si existe voluntad política. La presencia de los médicos cubanos en Centroamérica fue significativamente considerada por algunos colegios médicos nacionales como subversiva. El sorprendente resultado de esa colaboración, hay que decirlo, no se debe al apoyo reformista de los gobiernos que la acogen, sino a la capacidad revolucionaria del gobierno que la envía.

No es exacto del todo decir que Cuba no se beneficia de esa colaboración. Los médicos y enfermeros cubanos que viajan a esos países se «reciclan» como revolucionarios. Más allá de sus motivaciones personales —el deseo de viajar y conocer otros lugares, la posibilidad de ahorrar algún dinero del pequeño estipendio recibido, el interés científico ante la variedad de patologías que deben enfrentar—, la entrega solidaria frente a la pobreza y el abandono de los pueblos visitados renueva en ellos el sentimiento revolucionario. La vitalidad de una revolución puede medirse por sus grados de solidaridad interna y externa. Muchos médicos internacionalistas han cumplido previamente «misiones» en apartadas zonas del territorio cubano. En las naciones centroamericanas comprendí que la contracultura de la solidaridad tiene raíces interiores, imperceptibles, en los cubanos. Para los pobladores más humildes que recibían la ayuda, los internacionalistas eran héroes. Ellos contaban con una ventaja invisible sobre sus colegas locales: el desinterés de la entrega no comprometía su futuro. Detrás de ellos había un Estado protector. Pero ciertas reacciones, ciertas conductas, eran extrañas e incomprensibles: pertenecían a otro mundo que se revelaba real, el mundo socialista. El heroísmo expresa la conciencia histórica que los individuos tienen de sí mismos: si el acto de entrega adquiere un sentido individual trascendente, el sacrificio se transforma en realización personal. La casualidad puede provocar actos heroicos, pero no héroes. Cuando el personaje principal del filme cubano Madagascar se busca en la Plaza de la Revolución, convencido de que puede aparecer en la foto del periódico, es porque allí, aún rodeado de un millón de personas, se había sentido el protagonista. Precisamente, su abrupta «comprensión» de que era una más, revela su pérdida de sentido, de horizonte.

Los trabajadores sociales, los maestros emergentes, no solo ayudan a los demás, se ayudan a sí mismos. Siempre he creído que cuando algún chofer me recoge y me adelanta solidariamente en las calles sitiadas de La Habana, no soy yo el único beneficiado: se beneficia él, porque tuvo la oportunidad de ser solidario, y se consolida la Revolución. El socialismo no es la imposición de metas colectivas opuestas o ajenas a las individuales, es la confluencia de unas y otras. No tanto porque las colectivas se conviertan en individuales, sino porque las individuales se asuman como colectivas. La tarea de zapa que silenciosamente realiza la cultura oficial global es la de oponerlas; desmantelar la trascendencia de cualquier vida, hacer que parezca solitaria y finita. La Revolución no convoca a las masas sin rostro; cada individuo asume en ella su excepcional protagonismo histórico. La primera tarea desmovilizadora de la cultura oficial global es la de borrar los rostros de la multitud, transformar la multitudinaria cita de individualidades en una masa histérica o dócil, aceptar y promover lo individual únicamente en el ámbito de lo privado. La cultura de la solidaridad funciona como contracultura en un mundo rabiosamente individualista. «De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace», alertaba Martí, aunque frecuentemente se nos sirve hoy un seudopensamiento coloreado, de utilería, como el pavo que Bush mostró a las cámaras en el aeropuerto de Bagdad. De cualquier manera, no tenemos otra opción que ganarla «a pensamiento», como pedía la sentencia martiana. Nuestra fuerza es la verdad.

Los medios globalizadores repiten, una y otra vez, la palabra tránsito para referirse a Cuba, como si se tratara de un proceso indiscutible, perentorio, inminente. No se discute por qué es necesario el tránsito, ni hacia dónde, son datos que se dan por supuestos. Es obvio que se trata de un tránsito hacia el redil: Cuba debe retornar a la senda del buen comportamiento, ceder en sus pretensiones descabelladas de independencia, acatar la norma común neoliberal, el neocoloniaje bien retribuido para sus clases dominantes, los conceptos abstractos de democracia, y renunciar al poder, es decir, al contrapoder del Estado revolucionario. Cuba se prepara para enfrentar una agresión armada si fuese necesario. Pero la batalla principal es otra. Salvar la cultura es lo primero que debemos hacer, decía Fidel, y se refería a la contracultura de la resistencia y de la creación. La verdadera guerra que enfrentan hoy los pueblos no es entre civilizaciones «buenas» y «malas», sino la que se nos impone entre la cultura de la dominación y la cultura de la liberación.

NOTAS:

1. Gabriel García Márquez: La verdadera muerte de un presidente, en Entorno, Boletín Especial de Cubarte, año 1, No. 16, 10 de septiembre de 2003

2. Frei Betto: Lula: el nuevo tiempo de la izquierda, en La Jornada , México D. F. , lunes 30 de diciembre de 2002;

3. Enrique Ubieta Gómez: «Cuántos terroristas hay en el mundo que nosotros entrenamos» / Entrevista a Wayne Smith, ex jefe de la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba, en Trabajadores, La Habana, 8 de octubre de 2001;

4. Juan Marinello: carta personal a Manuel Navarro Luna del 4 de abril de 1937, inédita, Fondo Navarro Luna, Instituto de Literatura y Lingüística de La Habana;

5. Rubén Martínez Villena: «Carta abierta a Jorge Mañach», en El grupo minorista y su tiempo, selección, prólogo y notas de Ana Cairo, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975;

6. Fidel Castro: «Palabras a los intelectuales», en Revolución, Letras, Arte, La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1975;

7. Roque Dalton: La pequeña burguesía (sobre una de sus manifestaciones), en Últimos poemas, Buenos Aires, Editorial Nuestra América, 1993;

8. Fidel Castro: «Discurso», 26 de junio de 1998, en Globalización neoliberal y crisis económica global, La Habana, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 1999;

9. Francisco de Oliveira: «¿Están abiertas las vías para América Latina», conferencia impartida en la apertura de la Conferencia General del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, La Habana, octubre, 2003;

10. Arturo Jiménez: «Para terminar con las relaciones de poder es necesario construir unas relaciones de poder que puedan oponérseles» / Debate entre Pablo González Casanova, Atilio Borón y Luis Villoro sobre el zapatismo y el poder, en La Jornada, México D.F., 28 de noviembre de 2003;

11. Rafael Rojas: «El derecho de la derecha», en El Nuevo Herald, Miami, marzo, 2001;

12. James Petras: «Los intelectuales de izquierda y su desesperada búsqueda de respetabilidad», en Rebelión, 2003;

13. Franz Fanon: Sociología de la Revolución, México, D.F., Ediciones ERA, 1976, p.97

14. Citado por Adys Cupull y Froilán González en Un hombre bravo, La Habana, Editorial Capitán San Luis, 1994, pp. 176 y 177.

Inaugurada estatua de Compay Segundo en hotel cubano

Inaugurada estatua de Compay Segundo en hotel cubano Dpa
2003-12-31


La Habana, 31 dic (dpa) - Una estatua tamaño natural del fallecido compositor y músico cubano Compay Segundo, con su típico sombrero, puro y guitarra en mano, fue inaugurada anoche en el emblemático Hotel Nacional de La Habana, informó hoy Radio Rebelde.

En una ceremonia, que contó con la presencia, entre otros, de sus hijos y del escultor Alberto Lescay, el músicologo Lino Betancourt dijo que "la obra rinde tributo a quien tuvo una larga vida prodigando lo mejor del arte cubano".

"Esta era la casa de Compay Segundo (Hotel Nacional) y esta escultura es para nosotros como tener un tesoro", declaró el músico Basilio Repilado, uno de los hijos de la fallecida leyenda del son cubano, quien ganó un Grammy en 1997 por el álbum "Buena Vista Social Club".

Francisco Repilado Muñoz, verdadero nombre del autor de más de un centenar de melodías, falleció en julio pasado a los 96 años, y fue sepultado en su natal Santiago de Cuba, unos 950 kilómetros al este de La Habana.

Lescay dijo a la prensa local que su intención fue acercarse al músico desde el punto de vista de "su imagen real y espiritual" y crear la sensación de que reapareció en los jardines del Hotel Nacional, uno de los más antiguos y famosos de Cuba.

Para realizar la escultura, Lescay precisó que se apoyó en la experiencia personal e intelectual que le unió en la decada de 1980, cuando Compay regresó a Santiago de Cuba con la idea de quedarse.

En esa ocasión fue cuando se unió a Eliades Ochoa y al Cuartero Patria, y compuso y cantó por primera vez su famoso "Chan Chan", melodía que interpretó con gran éxito en los escenarios del mundo donde actuó.

Según la gerencia del Hotel Nacional, la figura de Compay Segundo inaugura un proyecto de ubicar en su Salón de la Fama, en estancias, pasillos y patios, fotografías y esculturas de otras personalidades de la cultura cubana.

LITERATURA, DIÁSPORA Y ESPACIO NATURAL: UNA EFEMÉRIDES

La literatura no es un río ni una mina de carbón, algo que no pueda desplazarse más allá de las fronteras insulares. Dondequiera que haya un escritor cubano que se sienta cubano y escriba en la lengua de los cubanos, habrá literatura cubana.

Ambrosio Fornet La Habana

Soy de los que creen que Cuba es el espacio natural de la literatura cubana de la diáspora. Por Cuba entiendo no solo un territorio físico, sino también una comunidad de lectores ligada a él y una tradición literaria que se remonta al Espejo de paciencia, en el siglo XVII. Pero la literatura no es un río ni una mina de carbón, algo que no pueda desplazarse más allá de las fronteras insulares. Dondequiera que haya un escritor cubano que se sienta cubano y escriba en la lengua de los cubanos, habrá literatura cubana. Sobran los ejemplos, desde Heredia hasta nuestros días. De modo que quienes piensen como yo, tienen que encarar un doble desafío: teórico, de un lado (qué entienden por literatura cubana), y práctico, del otro: qué deben hacer para que los escritores cubanos de la diáspora puedan integrarse a esa comunidad cultural que es también la suya (o viceversa, para que dicha comunidad pueda recuperar ese capital simbólico que es suyo también).

No padezco de lo que pudiéramos llamar el síndrome de las efemérides pero no puedo dejar escapar la oportunidad que me brindan para recordar que en estos días se cumplen diez años de la publicación del primer dossier de La Gaceta de Cuba dedicado a los escritores de la diáspora no conocidos en Cuba. Fue justamente en el número de septiembre-octubre de 1993. Ese, y los cuatro dossiers que le siguieron en un lapso de cinco años, abarcaron —aunque de manera esquemática— la crítica y el ensayo, la narrativa, la poesía y el tema ineludible y polémico de la identidad. Los textos fueron recogidos parcialmente en el volumen Memorias recobradas (2000). En la presentación del primer dossier se decía que la obra de aquellos autores merecía ser conocida entre nosotros porque formaba parte «de un gran movimiento que desde el pasado siglo intenta definir los conflictos ideológicos y la fisonomía espiritual de la nación a través de su literatura». Y se afirmaba, además, que las discrepancias de fondo o de enfoque no debían «impedirnos continuar esa exploración siempre renovada de la conciencia nacional y de los mitos insulares con la íntima convicción de que se trata de una empresa inexorablemente colectiva, a la que todos nuestros intelectuales y artistas pueden contribuir por igual, tanto dentro como fuera de Cuba».

Ha llovido mucho desde entonces, pero los argumentos mantienen su vigencia. Y hemos recorrido un largo trecho, en lo que concierne a la práctica. Ya no se trata solo de reimprimir a los clásicos fallecidos en el exilio (Mañach, Lydia Cabrera, Novás Calvo, Montenegro, Baquero...), sino también de publicar a los contemporáneos y de favorecer las antologías «conjuntas», en las que autores y autoras de las dos orillas (si se me permite esa socorrida metáfora fluvial) se integran en un solo corpus, sin distinciones políticas o geográficas. Creo que fueron Mirta Yánez y Marilyn Bobes las que abrieron el camino con Estatuas de sal (1996), un volumen dedicado a las narradoras, y luego Jorge Luis Arcos con Las palabras son islas (1999), un amplio panorama de la poesía cubana del siglo pasado. Ambos vinieron a ser los antecedentes inmediatos de los tres volúmenes publicados en el 2002 por el Fondo de Cultura Económica, de México, en los que ya no solo los escritores antologados, sino los propios antologadores, formando dúos, son de ambas orillas.

Es mucho —como suele decirse— lo que falta por hacer, pero lo cierto es que ya nuestros lectores pueden leer, además de los clásicos citados, excelentes antologías de la poesía de José Kozer (No buscan reflejarse, de Arcos), así como de los cuentistas cubanos de la diáspora (Isla tan dulce y otras historias, de Carlos Espinosa Domínguez) y las novelas La isla del cundeamor, de René Vázquez Díaz, Hagiografía de Narcisa la Bella, de Mireya Robles, y Como un mensajero tuyo, de Mayra Montero. Cada vez con mayor frecuencia se encuentran textos sobre escritores y artistas de la diáspora en nuestras revistas culturales y en otras publicaciones, como Correo de la Emigración, por ejemplo, que tiene una sección permanente dedicada a ellos. El tema de la emigración en el cine y la literatura viene siendo estudiado desde hace tiempo. Y ahora es posible, además, asistir a exposiciones de homenaje como la que la Biblioteca Nacional le dedicó a Labrador Ruiz el año pasado, con motivo del centenario de su nacimiento... Hace unos días, por cierto, un grupo de investigadores se reunió en el Instituto de Literatura y Lingüística para rendirle homenaje, por el mismo motivo, a Lino Novás Calvo. En fin, ya se realizan aquí tesis de licenciatura y cursos de postrado sobre escritores de la diáspora... Si el ritmo se mantiene, nuestro medio acabará convirtiéndose para ellos —o al menos, para aquellos que lo deseen, que no son todos— en lo que debe ser, su espacio natural.

PREMIO CAMINOS PARA SUITE HABANA

PREMIO CAMINOS PARA SUITE HABANA Como es ya tradición, el Premio Caminos -entregado este año a Suite Habana- distingue a la película que, con el imprescindible rigor y calidad artísticos, promueva la afirmación de la vida, potencie una cultura y espiritualidad de solidaridad, re-cree y reencante la historia desde la perspectiva de los excluidos, y estimule la participación ciudadana consciente y comprometida con la esperanza de un mundo donde quepan todos y todas.

Idania Trujillo La Habana

Producciones Caminos del Centro Dr. Martin Luther King, Jr. (CMMLK) otorgó el Premio Caminos al filme Suite Habana del realizador cubano Fernando Pérez en la ceremonia de entrega de los premios colaterales del XXV Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, realizada en el ya tradicional espacio del Hotel Nacional de Cuba.

Luego de una ardua faena, el jurado del Premio Caminos, integrado por el uruguayo Jorge Rufinelli, crítico y profesor de la Universidad de Stanford, California; el cineasta cubano Jorge Fuentes; el realizador de la Televisión Serrana, Rigoberto Jiménez; la escritora norteamericana Conner Gorry, y la productora peruana Naghim Vásquez, del CMMLK, se decidió a favor de la película cubana por «el hábil y fascinante manejo simultáneo del lenguaje de la ficción y el documental; por expresar de una manera humanista y compleja, llena de luces y contraluces, la cotidianidad anónima y popular; porque lleva al cine cubano a una dimensión inédita e inesperada de la expresión cinematográfica que renueva la frescura de la mirada después de más de cien años de cine; por las formas inteligentes con que sensibiliza al espectador sin manipularlo emocionalmente; y al contrario, provoca en el interior de cada espectador un profundo diálogo sobre la vida cotidiana en Cuba; por los magníficos recursos artísticos y técnicos, la fotografía, la banda sonora, la edición, la música con los que consigue narrar, a la vez, local y universalmente, la experiencia entrañable de vivir».

El jurado reconoció, también, la inusual cualidad humana del director Fernando Pérez, quien a lo largo de su trayectoria como realizador, ha demostrado que un gran cineasta tiene que ser, además, un gran humanista y un hombre de su tiempo.

Como es ya tradición, el Premio Caminos distingue a la película que, con el imprescindible rigor y calidad artísticos, promueva la afirmación de la vida, potencie una cultura y espiritualidad de solidaridad, re-cree y reencante la historia desde la perspectiva de los excluidos, y estimule la participación ciudadana consciente y comprometida con la esperanza de un mundo donde quepan todos y todas.

Al destacar las cualidades de Suite Habana, el prestigioso crítico uruguayo Jorge Rufinelli dijo que «si bien ahora hay mucho cine minimalista, que indaga en historias mínimas, como el título de la película de Carlos Sorín ―que obtuvo el Premio Caminos el pasado año en el XXIV Festival de La Habana―, en este caso, Fernando Pérez no se vale de la épica; escoge cuidadosamente historias pequeñas de la cotidianidad. En este sentido es una obra mayor por los riesgos estéticos que asume su realizador, es decir, esto que ha llamado tanto la atención: que los personajes no hablan; ¿es documental o es ficción? Por otra parte, el equipo de producción rompe todos esos esquemas y asume una opción y un riesgo. De ahí que el fallo del jurado quiso destacar el trabajo colectivo de Suite Habana que se propuso investigar directamente en la realidad para luego recrear artísticamente las historias».

«El Premio Caminos ―enfatizó Rufinelli― coloca el énfasis en el contenido humanista del filme premiado y no solamente en sus cualidades formales, de ahí que el jurado haya tenido en cuenta los valores espirituales, de mejoramiento humano de la sociedad. Recuerdo que en 1999 entregamos el Premio del CMMLK a Garage Olimpo, una película muy fuerte, muy dolorosa, que trataba sobre los vuelos de la muerte, una realidad en Argentina durante la dictadura; y el tema convocaba a la idea del «nunca más»; es decir, su mensaje humanista era: «vamos a mostrar este horror, no para espantar al espectador, sino para poner en el espíritu del ser humano que estas cosas no pueden volver a suceder en ninguna parte del mundo». El contenido espiritual, humanista de Suite Habana es diferente porque visita la cotidianidad, propone otra manera de ser espiritual, humanista, de estar preocupado por la sobrevivencia; los personajes de la cinta son gentes que trabajan y algunos tienen aficiones artísticas, placeres de vivir, dolores de vivir, pérdidas y ganancias; a fin de cuentas la vida está llena de esos matices y la cinta de Fernando Pérez capta esa complejidad sin atribuirle maldad o bondad a los personajes. El recurso de suprimir el diálogo vacía de estereotipos a los personajes y les da esa humanidad, esas luces y esas sombras de las que estamos poblados todos los seres humanos».